El tres de enero del 2013 cumplía 22 años cuando dos de mis grandes amigos y yo, nos reunimos en la casa de uno de ellos para celebrar.
Durante un momento, nos encontrábamos sentados en los sillones con los pies encima del tapiz y comenzamos a hablar sobre lo que deseábamos hacer durante el año que ahora estaba entrando. Desde siempre, me he sentido afortunado de esa pequeña gran coincidencia de haber nacido días posterior al año nuevo.

Lo más significativo para mí de aquella convivencia con mis amigos, era que en realidad habíamos invertido mayor tiempo en ahondar sobre lo que habíamos hecho durante el 2012, y designamos menor tiempo en mencionar nuestros propósitos para el 2013.
Fue ahí cuando sentí en mi cuerpo la rara sensación de sentirme tranquilo y orgulloso al mismo tiempo de mí. Pareciera que al hablar sobre lo que habíamos hecho en meses anteriores, se había convertido en una recapitulación de algunos de los momentos más relevantes que habíamos atravesado durante ese tiempo que había integrado el 2012. Al decirlo en voz alta, las palabras se transformaban en un reconocimiento y sumando a esto la escucha, atención y respeto que se vivía en aquella sala, era como recibir un reconocimiento en el 2013 a manos de mi yo del pasado.
Espero no confundirlos con esta explicación, pues lo que deseo transmitirles, es que la sensación de tranquilidad y autorreconocimiento rara vez se presentan ante la puerta de una persona que solía/suele (en menor medida ahora) vivir entre exigencias, pero en ese momento, la puerta no sólo se abrió, sino que ha permanecido abierta desde entonces.
De esta singular experiencia, quisiera compartirles lo que aprendí (o me di cuenta) en ese momento, y lo cual ha fungido como una brújula en los años posteriores de ese joven veinteañero que ahora se encuentra iniciando sus 30’s.
- Las metas son cambiantes: tal vez que lo deseabas incesantemente en ese momento o en aquél 31 de diciembre primero de enero, para febrero o septiembre podrá dejar de ser importante o sustancial. Evita aferrarte a ello si ha dejado de ser una meta que traía ilusión y ahora se ha convertido en un mandato que sólo te deja frustración y angustia al no querer hacerla o no haberla logrado aún.
- Las metas son imprevisibles: nuestro entorno incide en la forma en que podamos alcanzarlas o inclusive en la manera en que vivamos su culminación. Aquello no está en nuestro control, ¿sabes quí sí lo está? Tu creatividad para adaptarte a entornos cambiantes y tu capacidad para encontrar alternativas.
- El proceso es un 80% de la satisfacción: siempre creí que obtener aquella meta me traería la mayor de las alegrías y la sensación más extensa de plenitud. La realidad es que el proceso o el camino para alcanzar la meta conlleva la mayor parte del tiempo; por lo tanto, parece que vale cien veces más la pena disfrutar el camino que ansiar el fugaz efecto de llegar al designio.
- Las metas son flexibles: tal vez el objetivo varíe con el paso del tiempo o los caminos para llegar a ella. Al igual que la materia, pareciera que las «metas no se destruyen (en algunos casos), sólo se transforman». Permítete reconocer y sentirte tranquilo cuando los cambios se presenten ante ti.
- Las metas se viven / logran mejor acompañado: ¿necesito decir más?


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