ERES BIEN A-MABLE

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No todo empieza así…

Muy dramática la primera oración. Lo escribo así porque en realidad siento una profunda vergüenza, esas que no sólo son incómodas, sino que además sientes que algo en tu cuerpo se frunce…mucho… todo el aparato digestivo… sí, de principio hasta el fin… TODO.

Pero también le acompaña una inmediata risa incómoda, y es ella quien me anima y me hace tolerable entrarle al recuerdo, a la experiencia.

¿Te ha pasado que hay algo con lo cual te sientes cómodo haciendo y continuas con ello hasta que sientes que es algo en lo que puedes fluir fácilmente? Mientras escribía la pregunta, estuve muy tentado a terminarla así: ¿Te ha pasado que hay algo con lo cual te sientes cómodo haciendo y continuas con ello hasta que sientes que es algo en lo que tal vez pudieras desarrollarte?

La corregí, porque las frases «tal vez» y «pudieras» venían desde un miedo incómodo de admitir algo hacia mí mismo. Condenada vergüenza eres bien canija… Paréntesis, en México hay estados donde usamos la muletilla del «bien» para hablar. De hecho lo usamos también como un oxímoron. Aquí un ejemplo de ello: un alguien pregunta -¿Cómo estás?-. Un alguien más responde -bien mal-. El «bien mal», son palabras opuestas, pero con gran sentido para muchos latinos y aprecio mucho esta forma tan peculiar que tenemos para hablar.

Otros ejemplos que puedo dar sobre nuestra muletilla del «bien» son: «eres bien alto», «eres bien creativa», «es bien mucho». Este último es de mis favoritos, mi mamá me reclama cuando me escucha decirlo, pero sólo pudiera responderle -eres bien atenta-.

Cierro el paréntesis y recupero la idea del por qué corregí la pregunta, y esto se debe a que formo parte del comité en el Club de los Exigentes. Ya nos calmamos un poco, antes éramos del Club de los Sobreexigentes. Continúo trabajando mucho en ello, y cada vez más voy reduciendo mi participación en el séquito.

He aprendido a jugar con los permisos (me doy permiso de ser bien tranquilo) y me he revelado mucho a aquellos pensamientos. También tiene lo suyo, como todo, el síntoma siempre nos hablará de una adaptación. De alguna manera, si le nombrara a la autoexigencia uno de «mis síntomas», ahora es algo que he ubicado, sé qué pudo haberla desarrollado, en cuáles etapas de mi vida fue nutrida o reforzada y también su valor. Me ha ayudado a prepararme, me ayudó con mi etapa de corredor (ahora estoy retirado de las carreras y prefiero caminar… me hice bien relajado), me ha ayudado en el camino de mi profesión como psicoterapeuta, ahora en esta nueva faceta como investigador y muy muy seguramente, en otros momentos más.

Sigue ahí la exigencia, es bien aferrada, pero la escucho. Pero no deseo escribir sobre lo «bueno» que me he hecho en navegar entre la autoexigencia (tal vez después escriba sobre su hermana, la autocrítica). Quisiera referirme también a lo no tan chévere (pido prestado el modismo a los panas y parceros).

Puede ser muy encadenante esto, no siempre convivimos bien juntos y no siempre gano yo, al menos no al principio. Debí describir antes, mi membresía al club de los exigentes vino como un bonus al haberme iniciado previamente en algunas etapas de mi vida, dentro del Club de los Insuficientes. Un grupo muy peligroso, especialmente cuando uno de los requisitos para ser cabeza en él, es conocer en cuerpo la melancolía. La melancolía, es como esa sensación y pensamiento (todo a la vez) de «no merezco ser amado», «es imposible que alguien me quiera», «no hay forma de que alguien pueda amarme», «soy bien in-amable».

Por fortuna, en ese grupo no había histrionismo ni narcisismo, todos estábamos distribuidos entre el espacio, y al no habernos sentido merecedores, nos era difícil proponer ideas en lo individual, todo lo hacíamos juntos. Era el no merecer, lo que nos hacía desplazarnos del «yo» al «nosotros». Fue maravilloso (describo este párrafo como si hubiera convivido realmente con varias personas; en realidad, todos los «miembros del club», eran mis pensamientos y los de otros, mis sentimientos y los de otros…todos ellos dentro de mí. Había un club por adentro gestándose).

Eso es de lo que más agradezco, pues creo que aprendí a conectar, o al menos a poner mi esfuerzo en hacerlo. No siempre lo logro, pues no siempre depende de mí. Creo muy dentro de mí, que el dolor se vuelve una sintonía de gran intensidad. Imaginar, «si yo, siento todo muy fuerte en mí, imagino lo mucho que puedo servirme de esa extra-sensibilidad para percibir al otro» (diferencio percepción de conocimiento, puesto que concibo que la percepción es mi experiencia ayudándome a decodificar la experiencia de la otra persona…desde mi propia experiencia. Conocer, conllevaría aprender de la otra persona sobre su experiencia).

Mi sintonía es sensible, intensa, muy trabajada (y continúo haciéndolo), perspicaz, curiosa, creativa, tranquila también. Me lleva a lugares muy bonitos cuando medito, me ha acercado a mi formación en la psicocorporalidad, me ofrece una nueva paciencia y también se llega a manifestar muy inquieta (es bien cambiante). Me ha traído una nueva conciencia, siempre evoluciona, a veces me da miedo (pero cuando le entro a ella, siempre se termina por disipar el temor), me puede llegar a desestabilizar, pero ella misma es la que vuelve estabilizar. Creo que por esto último, es que confío tanto en ella, y siento mucho agradecimiento de tenerla, de conectar con ella y de saber que siempre está conmigo. Esto último es lo que tanto me ha ayudado al trabajo de muchas situaciones en mi vida.

Hoy, es más esporádica mi participación en estos clubes. Me atrevería a admitir que en muchas veces, sólo pago la cuota mensual pero no me presento a las juntas. Otras veces, que son bien pocas, puedo acaparar la cabecilla de la reunión y pronunciarme como un candidato a la coordinación y logística de las reuniones… pero ahora que lo pienso en tiempo real, ya no llego. Llego tarde (me da algo de pereza la exigencia, me ha dejado agotado enérgicamente), me voy antes (me doy cuenta de lo que pierdo y vislumbro con mayor rapidez lo que hay afuera de ese espacio). A veces sí llegó y a veces no. Soy bien malo para eso de la exigencia cada día más.

Extrañaba escribir así, mucho mucho. Espero tenga algo de congruencia esto que acabo de redactar, y si no, será claro ejemplo de cómo mi experiencia me llevó durante este proceso tal vez muy poco intelectual, pero sí puedo afirmar, sumamente sensitivo.

Extrañaba escribir así, me gusta lo que es interrumpido por la lógica. Sentí este momento, como aquellos minutos en los que me dedico a meditar, observo desde lejos cómo los pensamientos van y vienen, cómo se intercambian por otros y cómo otras veces se fusionan. Pero es siempre la sensación la que me suele llevar por lo que he visualizado como un río, que es el mero camino de la experiencia. Espero escribir más así, menos lógica y mojarme más por el río. Confío en mí, soy bien bueno para nadar.