Tengo unas crayolas y un paquete de hojas que compré hace un año.
En mi departamento tengo muy pocos muebles. Los cuadros o decoración en él son casi nulos. Creo que es debido a varias razones; en los últimos 15 años me he mudado a siete casas diferentes; he trabajado en cuatro ciudades en tres estados que abarcan desde el bajío hasta el occidente de mi país. También residen entre estas razones motivos personales, por supuesto. Y creo que todo ello ha hecho que hasta el momento me sea difícil vislumbrar un espacio en el que viva desde la sensación/pensamiento: «aquí, aquí ya puedo estar», pues sigue vigente dentro de mi esa anticipación de «no te acomodes mucho, va a venir otra mudanza, otro cambio«.
En momentos se asemeja a un estilo de vida nómada, a pesar de realmente no sentirme del todo cómodo con ello. Pero, sigo descubriendo algunos puntos a favor de estas situaciones que no me daba cuenta antes, y que claramente me han ayudado.
A lo largo de cada mudanza (y vaya que son cansadas), fui aprendiendo a tener cada vez menos cosas materiales, puesto que no sabría cómo sería el espacio siguiente en el que viviría; así que sin darme cuenta, comencé a quedarme sólo con cosas que pudieran caber dentro de mi propio cuarto. Para la penúltima mudanza, fue mucho más sencilla de vivir dado que en efecto, ahora todas mis cosas cabían dentro de mi cuarto, salvo algunos sillones que compartía junto con roomies.
En dos casas llegué a usar como cortinas unas telas oscuras que compré durante la universidad para un proyecto audiovisual. Y hasta hace unos meses, debido a los gastos del doctorado sentí muchas ganas de hacer mis propias cortinas, así que improvisé unas con unas sábanas delgadas y unos cinchos que utilicé como «argollas» para para que éstas pudieran recorrerse horizontalmente.
El año pasado, posterior al fallecimiento de mi muy querida tía Flora, mi mamá junto con sus hermanas comenzaron a regalar sus pertenencias, ofreciéndome a mi las persianas que ella tenía en su casa. Sinceramente, era muy doloroso para mi la posibilidad de tener un objeto bastante visible en mi casa que me recordara que ella ya no estaba aquí (al menos no en este plano); así que acepté los demás obsequios, su cortauñas, una sandwichera y un juego de cubiertos.
Ha sido muy curioso, mi tía Juanis, quien falleció cuando yo tenía cinco años, me regaló un cortauñas, el cual aún tengo. Por ello, cuando me regalaron esta vez el de mi tía Flora, lo recibí como un obsequio muy especial y simbólico. Ahora uso el cortauñas de Flora y siempre me trae un muy grato recuerdo y ni se diga del gran cariño que se manifiesta cuando lo sujeto con mis manos.
Las cortinas, en realidad no sólo las hice debido a motivos financieros, sino que en realidad me apetecía enormemente poder hacerlas yo, jugar a hacer algo, divertirme en el camino, pensar en todas las posibilidades en las que podría hacer unas cortinas con unas sábanas, unos cinchos y con lo que me encontrara en mi casa.
El año pasado, compré unas filas de luces como las que se usan durante la navidad, y con unos ganchos que usaba para corbatas y cintos, las atoré en el ventanal que da de frente al espacio que improvisé como mi consultorio virtual, y las colgué ahí. En realidad, parecía más un tendedero…
Pero…
Pues, ya que tiene toda la pinta de un tendedero ¿por qué no aprovechar su uso? Compré unas crayolas y un paquete con hojas de papel, y comencé a dibujar, colorear y escribir frases que me eran significativas y que necesitaba tener muy presentes. Así, el proceso de las constantes mudanzas me llevaron a la «decoración minimalista-forzada», lo cual me dirigió a reconocer la importancia de sentir cualquier espacio en el que viva, un poquito más cercano, lo que posteriormente desembocó en mi ahora «tendedero lumino-afectivo» patrocinado por foquitos navideños para todas las estaciones #DeVentaEnGüalmart, crayolas marca crayola (#UsoCrayolasCrayola) y hojas papel #Bond #Papel-Bond
Algunas de las frases que tengo ahí son:
«Respira y suelta hombros» (la cual me viene muy bien, pues me favorece para que después el fisioterapeuta encuentre menos contracturado mi cuerpo… y así duela menos el «masaje).
«Tú éntrale, así como eres… y déjate sorprender».
También hay un poema que escribí hace unos meses acerca de un dolor que me ha acompañado desde hace tiempo y que sinceramente, puedo revelar con mucha paz dado que estamos en mejores términos cada vez más y también ha traído consigo cosas muy bonitas. Tal vez después lo suba aquí, en mi espacio… aún seguimos en nuestro proceso de evolución, por ello me lleva meses escribir y reescribir un poema o pensamiento. Siempre algo cambia, algo se acomoda o desacomoda, algo mueve, integra, ofrece sentido y más. Me doy tiempo para hacerlo, pues bondadosamente, la experiencia así me lo comunica.
Pero en lo que seguimos cruzando caminos y entendiéndonos tanto aquél dolor como yo, por lo pronto quisiera compartir sólo este primer renglón de ese pensamiento: «no quiero ser sabio, pues el dolor te hace sabio…». Explicitando que los demás párrafos posteriores a esta oración, están dotados de mucha realidad, al menos desde la mía… que el dolor es dolor cuando ni él ni yo nos entendemos. El dolor no es mas que el fallo de nuestra comunicación… eso es lo que he aprendido que es el dolor hasta ahora, desde mi persona.
Por favor no lean esto como palabras finales, ni como una manera de pensar que tengo la verdad absoluta. Esto es lo que he descubierto hasta ahora, en mi y sólo en mi. Qué maravilloso será, que cada uno le entremos a esa comunicación enredosa (al principio), para formar nuestro propio lenguaje y significado sobre lo que es el el dolor para cada uno; y no tengo la menor duda de que el resultado no será universal, sino absolutamente individual, y si desean compartirlo como yo, háganlo, y sepan que si lo desean confiar en mi de forma personal, seré el más afortunado por recibir su confianza y bondad.
Durante este proceso de intercomunicación con el dolor, recuerdo haberle dicho algo y no hace mucho realmente (la semana pasada)… no nos lográbamos entender y mi primer pensamiento fue:

Pensarlo en voz alta, logró que me desatorara… era eso, nos encontrábamos atorados, sentí frustración, un poquito de coraje, desesperación, angustia… le entré al atorón para desatorarme. Las malas palabras no faltaron, para qué mentir. Rara vez las digo, pero cuando vienen, hasta me saben ricas, saben a pulparindo con azúcar glass.
Ahí está, no es madurez, tengo envejecimiento prematuro de la personalidad.
Los síntomas incluyen atorones psicoemocionales, relación ambivalente con el dolor, atracones con comida dulce y gusgueras… y ocasionalmente, un deleite sabrosón al decir malas palabras mientras se está solo.
Tratamiento: hacer cortinas con sábanas y cinchos; colorear con crayolas marca crayola sobre papel, bond, Papel Bond (no sobre las paredes… o ¿qué tal si…?); caminar; entrarle al atorón.
Beneficios: mucha paz, bondad y sentido de vida.
¿Qué hace que el dolor sea dolor? ¿Qué mensajes trae el dolor? ¿Y si el dolor sólo es en realidad un mensajero? ¿Cuál es el lenguaje del idioma (aunque parezcan sinónimos, en realidad no lo son)? ¿Será el de la experiencia interna de cada uno de nosotros? ¿Ya habrá sábanas de navidad en güalmart? y si sí, ¿me sobraron cinchos?…
PD: actualicé mis luces con unas pequeñas que tienen la temática otoño-halloween, además de que he comenzado con un poco de decoración del día de muertos. La imagen de portada en esta publicación es reciente, la compartía hace unos días con una amiga. No faltará mucho para que en este año regresen a mi tendedero aquellas luces navideñas que aparentemente no son sólo para navidad.
