años bronca

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Hace unas pocas semanas, una querida amiga y colega, me externó un pensamiento a manera de analogía, en el cual recuperaba la humanidad del psicoterapeuta, o como diría un supervisor que tuve durante mis primeros años de formación «*NOMBRE*, quien ejerce la psicoterapia».

Muy rara vez me encuentro con artículos, libros o siquiera comentarios dentro de mi esfera social, en los cuales se dirijan hacia el terapeuta como lo que es, un ser humano. Alguien quien acompaña a otro humano desde su propia humanidad.

Se habla poco, acerca de la violencia a la que estamos expuestos en esta profesión. Se normaliza el maltrato hacia nuestra persona, y el esfuerzo que empeñamos en que el espacio psicoterapéutico sea un lugar seguro para el otro, no necesariamente es garantía de que lo sea para nosotros.

Es una maravillosa labor. Ser testigo del cambio, de la bondad, del deseo por evolucionar. Creo que pocos espacios profesionales ofrecen algo tan bello como lo es el ser deponente del poder del cambio guiado por un amor profundo hacia uno mismo. No obstante, es inherente recuperar la voz de quien ejerce la psicoterapia, reubicarlo desde su propia humanidad, considerarle y ofrecerle la misma oportunidad de también vivirse seguro adentro del consultorio.

Como lo dice mi querida Eli, nosotros también nos quemamos. Parafraseando esto, desde una invitación a no ignorar que también la persona del terapeuta posee una historia, y que justo el trabajo de ella, es lo que se vuelve una gran brújula para acompañar al otro. En otras palabras ahora turno de mi primer maestra en psicoterapia, la Dra. Ceci González, mencionaba que ella consideraba que más allá de los infinitos programas académicos que uno cursara, lo que realmente promovía que uno fuera un gran psicoterapeuta, residía en que éste trabajara sus propios «años bronca».

Exalto, es una maravillosa profesión, a mí me ha ofrecido un profundo sentido de vida, y por ello ha requerido un continuo y extenso trabajo hacia mi propia historia, llena de años bronca trabajados, retrabajados, desacomodados, reubicados, desacomodados de nuevo y así siguiendo el curso natural de lo que se compone una historia resignificada/sanada desde su propio ritmo orgánico, repitiendo el ciclo tantas veces sea necesario.

Esas son algunas de las heridas de las que mi colega refiere en el pensamiento debajo. Heridas que se encuentran presentes en todo ser humano, incluyendo sin olvidar en aquellos que ejercemos la psicoterapia como una profesión.

Les comparto la reflexión que Eli Villa escribió, aquella que leí sin hacerle justicia durante el episodio anterior del podcast.